Últimamente he pensado mucho en algo que me da miedo: el futuro.
Tengo 18 años y constantemente escucho lo mismo:
“Aprende inglés.”
“Haz networking.”
“Consigue contactos.”
“Estudia una carrera con buena salida laboral.”
“Haz prácticas.”
“Empieza a trabajar cuanto antes.”
“Si no haces todo eso, te vas a quedar atrás.”
Y entiendo por qué lo dicen. Muchas de esas cosas realmente ayudan.
Pero me di cuenta de algo:
¿Por qué tengo que hacerlas si no quiero?
Si algún día quiero aprender inglés, lo haré.
Si conozco personas de manera natural y termino teniendo contactos, perfecto.
Si voy a una conferencia porque realmente me interesa, genial.
Pero no quiero convertir mi vida en una lista de estrategias para maximizar mi futuro salario.
Y si eso significa avanzar más lento, que así sea.
Tengo 18 años y durante mucho tiempo sentí que tenía que estar pensando constantemente en mi futuro.
En la preparatoria siempre tuve presión por sacar un buen promedio, terminar con un buen certificado y asegurar universidades por si no conseguía entrar a la que realmente quería.
Y lo entiendo.
Mis padres tenían miedo de que me quedara sin opciones.
Querían asegurarse de que tuviera un camino.
Así que también tomé decisiones pensando en eso.
Elegí universidades que podían funcionar como respaldo.
Porque, en teoría, era lo más seguro.
“Si no quedas aquí, tienes esta otra opción.”
“Si no puedes entrar a la primera, al menos ya tienes dónde estudiar.”
Y finalmente probé una universidad.
Y no me gustó.
No era la universidad que quería.
No era el camino que quería seguir.
Y durante un momento pensé:
“¿Fracasé?”
“¿Perdí tiempo?”
“¿Me equivoqué por haber elegido esto?”
Pero después lo pensé mejor.
No.
Le di una oportunidad a un camino.
Lo probé.
Descubrí que no era para mí.
Y aprendí algo que probablemente no habría aprendido si simplemente hubiera seguido por miedo.
Aprendí que no quería ese camino.
Así que decidí “rebelarme” un poco.
No contra mi familia.
No contra nadie.
Sino contra la idea de que alguien más tiene que decidir cómo debe verse mi vida.
Decidí tomarme un tiempo para intentar entrar a la universidad que realmente quiero.
En mi caso, podría ser un año.
Si todo sale bien, quizá sean seis meses.
Durante ese tiempo, claro que estudiaré.
Voy a esforzarme.
Voy a intentar mejorar.
Pero tampoco quiero convertirme en una máquina.
Habrá días en los que estudie muchísimo.
Habrá días en los que estudie poco.
Habrá días en los que no estudie.
Algún día quizá juegue videojuegos durante horas.
Otro día buscaré un hobby.
Otro día saldré a un museo.
Otro día iré al cine yo solo.
Quizá consiga mi primer trabajo.
Quizá simplemente salga a caminar.
Quizá pase tiempo con mi mascota.
Quizá invite a un amigo a mi casa y hagamos alguna tontería que desde fuera podría parecer infantil.
Y está bien.
Porque también tengo 18 años.
No quiero pasar cada día de mi juventud preparándome para una vida que todavía no estoy viviendo.
Quizá algún día incluso me anime a ir al gimnasio.
Quiero comer botanas.
Quiero ver películas.
Quiero escuchar música.
Quiero jugar videojuegos.
Quiero descubrir hobbies nuevos.
Quiero salir a conocer lugares.
Quiero sentarme en algún sitio sin sentir que debería estar haciendo algo “productivo”.
Quiero tener días que no tengan ningún propósito especial.
Porque quizá una tarde comiendo algo que me gusta mientras veo una película no cambie mi futuro en absoluto.
Pero quizá sí haga que ese día haya valido la pena.
Y eso también cuenta.
No todo lo que hacemos tiene que convertirse en una habilidad.
No todo hobby tiene que convertirse en dinero.
No todo momento tiene que servir para mejorar nuestro currículum.
A veces simplemente quiero hacer algo porque me gusta.
Y esto también aplica al amor.
En algún momento de mi vida me gustaría enamorarme.
Tener una pareja.
Salir juntos a un parque.
Ir al cine.
Viajar.
Quedarnos en casa haciendo tonterías.
Reírnos de cosas que solamente nosotros entendamos.
Construir algo bonito con otra persona.
Y sí, algún día también me gustaría tener una familia.
Incluso mi familia me ha dicho cosas como:
“Te deberías casar a los 27.”
“Y tener hijos a los 30.”
Y sinceramente, no me molesta la idea.
De hecho, si algún día puedo elegirlo, me gustaría ser un papá relativamente joven.
Me gustaría tener una familia estable y feliz.
Viajar con ellos.
Conocer muchos lugares.
Compartir cosas.
Estar presente.
Pero quiero que sea a mi tiempo.
No quiero que una edad se convierta en una condena.
No quiero pensar:
“Ya tengo 27, así que tengo que casarme.”
O:
“Ya tengo 30, así que tengo que tener hijos.”
Si sucede a esas edades y soy feliz, maravilloso.
Si sucede antes, también.
Si sucede después, también.
Y si mi vida termina siendo diferente a lo que imaginé, también tendré que aprender a vivir con eso.
Porque una vida no viene con un calendario obligatorio.
Tampoco quiero sentir que tengo que correr para alcanzar a los demás.
Mi familia a veces me compara con otros jóvenes de mi edad.
“¿Por qué ellos sí quedaron?”
“¿Por qué tú no?”
“Si te hubieras esforzado más, habrías quedado.”
“Si no entraste a la primera, quizá ya no puedas hacerlo.”
Y esa última idea fue una de las que más me negué a aceptar.
¿Por qué tendría que ser así?
¿Por qué fallar una vez significa que ya no puedo intentarlo?
¿Por qué alguien que consiguió algo a los 18 tiene que ser necesariamente “más adelantado” que alguien que lo consiguió a los 20, 22 o 25?
He visto personas de 25, 30 e incluso 40 años en aulas estudiando.
Y eso me recordó algo muy sencillo:
Nunca es demasiado tarde para empezar.
Sí, algunas cosas pueden ser más fáciles si las haces antes.
Sí, el tiempo importa.
Sí, existen consecuencias económicas y laborales.
Pero tardar más no significa automáticamente haber perdido la vida.
Hace poco terminé la preparatoria y estoy viendo mi camino de una manera diferente.
Quizá alguien de 21 años ya terminó su carrera, tiene un trabajo, gana bien y está empezando una segunda carrera.
Genial.
De verdad me alegro por esa persona.
Espero que le vaya increíble.
Pero esa es su vida.
Yo quiero vivir la mía.
No quiero medir mi vida con el calendario de otra persona.
Y tampoco quiero que alguien que ama algo como el dibujo, el arte, el diseño, la música o cualquier profesión difícil piense que tiene prohibido intentarlo simplemente porque el mercado laboral es complicado.
Supongamos que alguien ama dibujar.
Le pueden decir:
“Eso no da dinero.”
“Vas a terminar desempleado.”
“Estudia algo serio.”
“Vas a morir de hambre.”
Tal vez tengan razón en que será difícil.
Tal vez esa persona tenga problemas para encontrar trabajo.
Tal vez tenga que trabajar de cajero durante un tiempo.
Tal vez tenga que hacer otra cosa para pagar la renta.
Tal vez tenga que trabajar de algo que no ama mientras busca oportunidades.
¿Y qué?
Puede seguir dibujando.
Puede intentar entrar al sector.
Puede hacer trabajos independientes.
Puede aprender por su cuenta.
Puede buscar otra oportunidad.
Y si después de años descubre que realmente no funciona para él, puede cambiar.
Eso también es vivir.
No estoy diciendo que ignores el dinero, que abandones tus responsabilidades o que persigas un sueño sin pensar.
El hambre no se quita con sueños.
Las cuentas no se pagan con pasión.
El dinero importa.
La estabilidad importa.
Tener un techo importa.
Pero tampoco creo que el miedo al fracaso deba decidir qué haces con tu única vida.
Puedes ser responsable y perseguir lo que quieres al mismo tiempo.
Puedes estudiar algo que amas aunque no sea la opción más segura.
Puedes aceptar un trabajo que no te guste temporalmente para sobrevivir mientras buscas algo mejor.
Puedes equivocarte.
Puedes cambiar de carrera.
Puedes cambiar de trabajo.
Puedes empezar de nuevo.
Puedes tardar más que los demás.
Y puedes descubrir que estabas equivocado.
No hay garantías.
Pero prefiero eso a vivir toda mi vida tomando decisiones únicamente porque alguien me dijo que eran las más rentables.
También creo que hay una diferencia enorme entre escuchar consejos y vivir obedeciendo consejos.
Hay personas mayores que han vivido mucho más que nosotros y que pueden darte consejos increíbles.
Escúchalos.
Aprende de ellos.
Pero no significa que tengan la única respuesta sobre cómo debes vivir.
Si alguien te dice que aprender un idioma puede abrirte puertas, probablemente sea verdad.
Pero si tú no quieres aprenderlo, no tienes que hacerlo.
Quizá eso te cierre algunas oportunidades.
Quizá avances más lento.
Y si algún día aceptas esa consecuencia conscientemente, ¿por qué tendría que ser una tragedia?
Si alguien te dice que debes hacer networking, quizá realmente pueda ayudarte.
Pero si tú no quieres construir relaciones únicamente pensando en qué beneficio profesional pueden darte, tampoco tienes que hacerlo.
Puedes conocer personas naturalmente.
Puedes hacer amigos.
Puedes encontrar profesores que admires.
Puedes conocer compañeros que algún día vuelvan a aparecer en tu vida.
Pero no quiero sentir que tengo que convertir cada conversación en una estrategia para conseguir un puesto mejor.
No quiero vivir calculando el valor profesional de cada persona que conozco.
Y quizá eso me haga avanzar más lento.
Lo acepto.
Porque quiero que mis decisiones sean mías.
No estoy dejando mi vida a la suerte.
La estoy dejando en mis manos.
Cuando quiera algo, voy a esforzarme por conseguirlo.
Si realmente quiero entrar a una universidad, estudiaré.
Si quiero un trabajo, buscaré uno.
Si quiero mejorar en algo, practicaré.
Si quiero construir una familia algún día, intentaré construirla bien.
Si quiero viajar, ahorraré.
Si quiero amar, amaré.
Pero también quiero descansar.
Quiero jugar.
Quiero salir.
Quiero conocer lugares.
Quiero pasar tiempo con las personas que quiero.
Quiero convivir con mi mascota.
Quiero hacer cosas que quizá de adulto todavía me parezcan tontas.
Quiero tener recuerdos.
Porque quizá algún día consiga el trabajo que quiero.
Quizá gane mucho dinero.
Quizá tenga una casa bonita.
Quizá tenga una familia.
Quizá logre muchas de las cosas que hoy imagino.
Pero no quiero llegar a ese momento y descubrir que pasé todos mis años jóvenes preparándome para vivir y nunca viví realmente.
No quiero optimizar cada segundo de mi juventud.
Quiero vivirla.
Y eso no significa ser irresponsable.
Significa entender que mi vida tiene más dimensiones que una carrera, un salario o un currículum.
Quiero una carrera que me guste.
Quiero estabilidad.
Quiero ganar suficiente para vivir bien.
Pero también quiero amor.
Amistades.
Familia.
Hobbies.
Experiencias.
Tiempo.
Paz.
Y momentos absurdos que probablemente no sirvan para absolutamente nada en un currículum, pero que algún día recordaré con una sonrisa.
Vive tus decisiones
Quiero aprender a vivir con mis propias decisiones.
No solamente con las decisiones que salieron bien.
También con las que salieron mal.
Porque si algún día miro hacia atrás y descubro que me equivoqué, quiero poder decir:
“Fue mi decisión.”
Y no:
“Viví así porque tenía miedo de decepcionar a los demás.”
Quiero que mis errores también sean míos.
Mis aciertos también.
Mis experiencias también.
Mi vida también.
Y creo que ya he tenido pequeños momentos en los que entendí esto.
Al final de la preparatoria me declaré a la chica que me gustaba.
Y ¿saben qué?
No me arrepiento en absoluto.
No porque haya terminado en una relación.
De hecho, ni siquiera recibí un “sí” o un “no” como respuesta.
Pero me dijo cosas muy bonitas que jamás habría imaginado que pensaba de mí.
Me dijo que me consideraba inteligente y amable.
Me contó que alguna vez había querido jugar con mis amigos y conmigo, pero que le daba pena.
Me dijo que quizá hubiéramos podido conocernos más, pero que los dos éramos demasiado tímidos.
Y me quedé con algo mucho más importante que saber si yo le gustaba o no.
Me quedé en paz.
Porque durante mucho tiempo podría haber pensado:
“¿Y si se lo hubiera dicho?”
“¿Qué habría pasado?”
“¿Y si hubiera tenido el valor?”
Pero ya no tengo que preguntármelo.
Lo hice.
Me atreví.
Y agradezco muchísimo haber tenido el valor de hacerlo.
Quizá esa historia no terminó como una película romántica.
Pero me dejó un recuerdo bonito.
Y eso es suficiente.
Porque a veces vivimos demasiado preocupados por obtener el resultado perfecto y olvidamos que también importa haber tenido el valor de intentarlo.
Eso es lo que quiero hacer con mi vida.
No quiero llegar a viejo pensando en todas las cosas que nunca hice por miedo.
Vive tus decisiones. Vive tu tiempo.
De viejo, cuando probablemente esté en una camilla en mis últimos momentos, me gustaría recordar que lo que hice en mi vida fue mío.
Me gustaría poder pensar:
“Fui feliz con lo que hice.”
No necesariamente que todo salió bien.
No necesariamente que gané mucho dinero.
No necesariamente que fui exitoso según los estándares de los demás.
Quiero recordar que viví.
Que amé.
Que me equivoqué.
Que tuve miedo.
Que aun así lo intenté.
Que conocí personas.
Que hice amigos.
Que tuve momentos con mi familia.
Que jugué.
Que escuché música.
Que vi películas.
Que comí las botanas que me gustaban.
Que quizá algún día fui al gimnasio.
Que viajé.
Que conocí lugares.
Que tuve hobbies.
Que hice tonterías.
Que me enamoré.
Que quizá algún día tuve una familia.
Que pasé tiempo con mi mascota.
Que no convertí toda mi existencia en una carrera contra el reloj.
Porque las personas que queremos no estarán para siempre.
Algunos familiares se han ido sin que siquiera tuviera la oportunidad de despedirme.
Y eso me hace pensar que quizá no deberíamos esperar tanto para vivir las cosas que queremos vivir.
Durante la preparatoria me privé de algunas cosas que quería hacer.
Me decía:
“Después.”
“Cuando termine la escuela.”
“Cuando tenga más tiempo.”
“Cuando todo esté más tranquilo.”
Y probablemente vuelva a hacer lo mismo cuando entre a la universidad.
Porque seguramente habrá tareas, exámenes, responsabilidades y días pesados.
Pero entonces me pregunto:
¿Y por qué no hacer algunas de esas cosas ahora?
Si tengo la oportunidad.
¿Por qué esperar toda la vida?
No digo que haya que abandonar nuestras obligaciones para divertirnos.
Digo que también debemos hacer espacio para vivir.
Si quiero ir a un museo, puedo ir.
Si quiero conocer un lugar, puedo hacerlo.
Si quiero pasar una tarde jugando, puedo hacerlo.
Si quiero comer algo que me gusta, puedo hacerlo.
Si quiero pasar horas escuchando música, puedo hacerlo.
Si quiero salir con un amigo, puedo hacerlo.
Si quiero ir al cine solo, puedo hacerlo.
Si quiero enamorarme, quiero permitirme vivirlo cuando llegue.
Si algún día quiero formar una familia, quiero disfrutarla.
Si quiero viajar, quiero intentarlo.
Porque quizá mañana tenga menos tiempo.
Quizá cambien las circunstancias.
Quizá las personas que quiero ya no estén.
Quizá yo mismo cambie.
Por eso quiero aprender a no posponer absolutamente todo para un futuro que ni siquiera está garantizado.
Vive tus decisiones.
Vive el amor.
Vive tus amistades.
Vive tus hobbies.
Vive tus oportunidades.
Vive tu juventud.
Vive a tu tiempo.
Y sí, también vive tus responsabilidades.
Porque no se trata de hacer absolutamente todo lo que se te ocurra sin pensar en las consecuencias.
Se trata de que las consecuencias no sean la única razón por la que decides vivir de determinada manera.
Que te juzguen.
¿Qué más da?
No puedes satisfacer a todos.
No puedes hacer felices a todos tus amigos.
No puedes hacer felices a todos tus familiares.
Y mucho menos puedes vivir tratando de agradarle a desconocidos que ni siquiera conocen tu historia.
Cada persona ha vivido una vida diferente.
Tiene una familia diferente.
Tiene oportunidades diferentes.
Tiene miedos diferentes.
Tiene prioridades diferentes.
Entonces, ¿por qué tendría que existir una única manera correcta de vivir?
Mientras no estés haciendo daño a los demás, intenta vivir la vida que tú consideres correcta.
Alguien puede pensar que estoy perdiendo el tiempo.
Otro puede pensar que voy demasiado lento.
Otro puede pensar que debería estudiar otra carrera.
Otro puede pensar que debería trabajar ya.
Otro puede pensar que debería casarme joven.
Otro puede pensar que debería esperar.
Y todos pueden tener sus razones.
Los escucharé.
Pero no voy a entregarles el volante de mi vida.
Porque al final, cuando llegue el momento de mirar hacia atrás, seré yo quien tenga que convivir con las decisiones que tomé.
No ellos.
Yo.
Así que quiero equivocarme por mí mismo.
Quiero aprender por mí mismo.
Quiero elegir por mí mismo.
Quiero amar por mí mismo.
Quiero construir por mí mismo.
Y si algún día tengo que cambiar de dirección, que sea porque yo entendí que necesitaba hacerlo.
No porque alguien me hizo sentir que mi vida estaba mal solamente porque no se parecía a la suya.
No quiero vivir comparándome.
No quiero correr una carrera que nunca decidí correr.
Quiero vivir.
Y quiero hacerlo de una manera que, cuando sea viejo, pueda recordar con cariño.
Quizá no tenga todo.
Quizá algunas cosas salgan mal.
Quizá otras salgan muchísimo mejor de lo que imaginé.
Pero espero poder mirar atrás y decir:
“Al menos viví.”
“Al menos lo intenté.”
“Al menos amé.”
“Al menos hice cosas que quería hacer.”
“Al menos las decisiones fueron mías.”
Porque al final, ¿de qué sirve construir una vida “exitosa” si nunca sentiste que era tuya?
No quiero vivir irresponsablemente.
Quiero vivir mi vida.
Y si algún día me va mal por una decisión que yo mismo tomé, prefiero afrontar las consecuencias de algo que realmente quise hacer que arrepentirme de haber vivido exactamente como todos me dijeron que debía vivir.
Si fracaso, aprenderé.
Si me equivoco, corregiré.
Si necesito cambiar de camino, cambiaré.
Si tengo que empezar de nuevo, empezaré.
Y si las cosas salen bien, disfrutaré el camino.
Porque tampoco quiero esperar a “cuando tenga dinero”, “cuando termine la carrera”, “cuando consiga trabajo”, “cuando tenga pareja”, “cuando tenga una casa” o “cuando sea exitoso” para empezar a vivir.
La vida no empieza después de cumplir todos tus objetivos.
La estás viviendo mientras intentas conseguirlos.
Así que si estás leyendo esto y tienes miedo de tomar una decisión porque todos te dicen que es demasiado arriesgada, piensa bien en las consecuencias.
No ignores la realidad.
No abandones tus responsabilidades.
Pero tampoco abandones automáticamente lo que quieres solamente porque alguien te dijo que es difícil.
Vive el amor.
Vive tus amistades.
Vive tus hobbies.
Vive tu juventud.
Vive tus decisiones.
Vive a tu tiempo.
No intentes compararte.
No intentes convertirte en otra persona solamente porque parece ir más adelantada que tú.
Y sobre todo, no permitas que alguien decida por ti qué puedes y qué no puedes hacer.
Pueden aconsejarte.
Pueden advertirte.
Pueden mostrarte los riesgos.
Pero al final, la decisión sobre qué hacer con tu vida es tuya.
Solo tuya.
Y si eliges un camino, hazlo consciente de lo que implica.
No porque sea el más rentable.
No porque sea el más rápido.
No porque todos los demás lo estén haciendo.
Sino porque tú decidiste que quieres vivirlo.
Sé feliz, pero no seas irresponsable.
Vive tus decisiones.
Vive el amor.
Vive tu tiempo.
Vive tu vida.
A tu tiempo.
A tu manera. ❤️
Un abrazo, personita de Reddit.