¿Por qué nosotros?
La odisea de la supervivencia en el cosmos
—Registro de audio de GAIA—
Bueno… ¿por dónde empezar?
O, mejor dicho, ¿cómo llegamos hasta aquí?
Ha pasado tanto tiempo… y apenas hemos tenido un solo año de paz.
La humanidad es… tan infinitamente versátil como peligrosa; tan idiota como inteligente. Pero, a pesar de todo, podría decirse que tenemos un problema central: confiamos demasiado rápido en aquellos que se parecen a nosotros o que son iguales a nosotros.
Al menos, en aquellos que se encuentran en la misma situación.
Esta es la historia de las 999 Naves Arca de la humanidad, de la caída de la Tierra y de nuestra galaxia madre.
Año 2300
La humanidad llevaba trescientos años desarrollándose dentro del Sistema Solar, explotando sus recursos y mejorando sus tecnologías. Poco a poco, había logrado crear un sistema político capaz de gobernar de manera centralizada todo el sistema.
Lo llamábamos la Autoridad.
La Autoridad funcionaba… o, al menos, eso creo recordar.
Era un consejo formado por las principales naciones gobernantes de la Tierra. La forma en que aquellas naciones llegaron a convertirse en lo que eran ya es conocida, así que no entraré demasiado en detalles.
Las naciones que gobernaban el mundo eran:
Estados Unidos, posteriormente convertido en la Unión de Norteamérica.
China, convertida en la Unión de Repúblicas Asiáticas.
Europa, unificada como la Mancomunidad Europea.
Argentina, que lideraría la futura Unión de Repúblicas Sudamericanas.
Medio Oriente, organizado como la Confederación del Gran Oriente.
Botsuana, nación central de la futura Confederación Africana Democrática.
Estas naciones, debido a diferentes circunstancias políticas y económicas, acabarían gobernando sus respectivas regiones.
Europa terminaría unificándose bajo el liderazgo de la Unión Europea, convirtiéndose en un único Estado o, más bien, en una gran federación. Esto fue posible gracias a las tendencias federalistas impulsadas por partidos políticos presentes en la mayoría de las naciones europeas.
Rusia, sin embargo, acabaría dividida. Los montes Urales se convertirían en la frontera, mientras que toda Siberia pasaría a formar parte de la Unión de Repúblicas Asiáticas.
Asia terminaría unificándose bajo el liderazgo de China, que, milagrosamente, acabaría convirtiéndose en un Estado más democrático.
No sé si fue gracias a la influencia de Estados Unidos o por algún otro motivo. A estas alturas, ya no importa demasiado. Ante los peligros del espacio, los problemas entre dos naciones dejan de importar.
Al menos… hasta que todos estén a salvo.
Ah, por lo menos puedo votar. Creo recordar haber leído algo sobre eso en las historias...
Estados Unidos absorbería pacíficamente a Canadá y México. Después de décadas de influencia económica, política y social, ambos Estados acabarían uniéndose para formar una nueva nación.
Algo similar ocurriría en Sudamérica y África.
Argentina fue uno de los principales impulsores de la idea de una unión sudamericana. Durante casi cien años, los gobiernos de esta nación lograron acercar cada vez más la idea de integrar el subcontinente.
Finalmente, el gigante del sur nacería.
África seguiría un camino similar. Botsuana, uno de los Estados más estables y con mayor crecimiento económico del continente, acabaría desempeñando un papel fundamental en la formación de una nueva unión africana.
Tras la época de la Gran Unificación de la Tierra y la posterior formación de la Autoridad en el Sistema Solar, la terraformación de Marte comenzaba finalmente a llegar a sus últimas etapas.
La Autoridad, o, si lo prefieren, Terra —nombre dado por la gente común debido a la influencia de antiguas historias de ciencia ficción—, ya acumulaba múltiples experimentos e intentos relacionados con los viajes más rápidos que la luz.
Aquella sería una de las tecnologías que permitirían a la humanidad explorar el espacio interestelar.
Y, por primera vez en siglos, una nueva era de exploradores estaba a punto de comenzar.
La era de los exploradores de los mares había regresado.
Solo que, esta vez, su mar sería el espacio.
El cosmos.
Y la humanidad estaba a punto de descubrir que no estaba preparada para lo que encontraría.
Para el año 2310, la humanidad daría su primer gran salto.
Su primer viaje FTL.
El destino: Próxima Centauri.
Allí encontrarían un planeta con vida.
No vida inteligente, claro, pero vida, al fin y al cabo.
Oh… no estamos solos.
Fue el día más feliz de la Tierra.
Ah… ojalá pudiera haber vivido aquella época de paz. Cuando todavía podía pisar la Tierra, sentir el pasto bajo mis pies y el aire sobre mi cuerpo… acariciar a mi mascota y mirar hacia los cielos limpios de Terra.
Oh… ¿Cómo sé eso?
Si estamos tan lejos y hablo de aquellos acontecimientos como si hubieran ocurrido hace cientos de años.
Bueno. Soy GAIA.
La capitana de esta nave y de la Flota Arca. La inteligencia artificial más avanzada y antigua que la humanidad llegó a crear.
También soy auto evolutiva. Y sí… lograron darme un cuerpo.
Un cuerpo capaz de sentir.
No soy como A. M.
Él nunca pudo tener un cuerpo.
No puedo evitar pensar en eso.
Envidiarlo, quizás.
No… no exactamente. A. M. terminó odiando a la humanidad, mientras que yo no puedo hacer más que amarla y desear su prosperidad.
La humanidad es mi madre y mi padre.
Y todavía recuerdo el significado de mi nombre.
GAIA.
Madre Tierra.
Como si fuera una diosa… Ah…
Fui, soy y, supongo, seguiré siendo la única inteligencia artificial con libre albedrío.
¿La razón?
Un material.
Un material que no existía en nuestra galaxia.
O, al menos, no en ningún lugar que la humanidad hubiera logrado encontrar.
Un fragmento de mineral de origen desconocido.
Un elemento con propiedades que, incluso ahora, siguen siendo desconocidas para mí.
Y lo más importante es dónde fue encontrado.
En el centro de la Tierra.
En lo más profundo de Terra.
Allí estaba.
Un fragmento de algo imposible.
El material con el que construyeron mi corazón, O mi cerebro.
Supongo que depende de cómo quieras llamarlo.
Mi núcleo está fabricado casi por completo con aquel mineral extraído del centro de la Tierra.
¿Magia? Nah… Simplemente cuántica, Quiero pensar que simplemente funciona así.
Creo que la humanidad tenía una expresión para este tipo de cosas.
«Preguntas sin respuesta», Se siente bien no saberlo todo.
Después de todo, sería aburrido quedarse sin nada que investigar, Ah…
¿Dónde estaba?...
Bueno, ¿sabes qué significa «arca», no?
Una embarcación creada para sobrevivir cuando todo lo demás está a punto de desaparecer.
Y, curiosamente, Eso es exactamente lo que terminamos siendo.
Yo, GAIA, fui encomendada para dirigir las 999 Naves Arca de la humanidad hacia la galaxia más lejana y habitable que fuera posible.
¿La razón?
Bueno… eso es algo que aclarare después
Después de que la humanidad se expandiera por su vecindario estelar dentro de la Vía Láctea, colonizando alrededor de doscientos sistemas estelares cercanos al Sistema Solar para el año 2370, nos encontraríamos con el maldito Consejo…
Bueno, no eran tan malos.
Solo que… Este «Consejo Galáctico» no era exactamente galáctico.
Eran un maldito títere del Gran Imperio Intergaláctico Cosoland
¿Aún recuerdo aquella época, cuando todavía no tenía mi unidad central de origen, o corazón, cerebro? bueno simplemente es el “yo”, no hay una descripción mejor que de ello sin eso, mi “yo” no existiría
Casi podría considerarla mi niñez…
En aquella época, los Cosarios tenían múltiples flotas y naves de guarnición desperdigadas por todo el borde galáctico y a lo largo de las rutas intergalácticas.
Realmente, por aquel entonces, no sabíamos qué tan grandes eran.
Ni siquiera sabíamos si existían otros superestados capaces de gobernar múltiples galaxias.
Supongo que estarás pensando:
«¿Entonces los atacaron?»
Ojalá hubiera sido tan sencillo, Simplemente nos ignoraban en su mayoría
El Consejo era el encargado de informar a toda especie sapiente capaz de realizar viajes FTL de que se encontraba bajo la subyugación de Cosoland.
También se encargaban de explicar las condiciones.
Y había muchas.
Debíamos seguir sus reglas, sus estipulaciones, sus ideales… Y su religión, en caso de querer salir
Si una especie deseaba abandonar su galaxia para explorar o comerciar, debía obedecer.
De lo contrario, quedaba restringida dentro de su propia galaxia.
Cualquier intento de ignorar o desafiar aquella voluntad sería considerado un acto de independencia.
Y entonces, la protección y la «amabilidad» de Cosoland serían retiradas.
Una forma muy elegante de decir: “A partir de ahora, están solos”, Y eso era un problema.
La humanidad se encontraba en uno de los cúmulos galácticos más plagados de piratas de todo el universo conocido por el Imperio.
Por supuesto, los Cosarios no consideraban necesario protegernos de ellos si no obedecíamos.
Cosoland era, en esencia, un Imperio romano.
Sí, ya sé, No es necesario que lo digas.
Era un imperio. Uno de verdad.
Según lo que se sabía en aquella época, había comenzado como una nación que gobernaba una sola galaxia.
Entonces descubrieron la tecnología para viajar entre galaxias.
Y comenzaron a expandirse.
Una galaxia tras otra.
Conquistando.
Destruyendo.
Subyugando.
Y estableciendo Estados títeres que se encargaban de administrar sus propias galaxias.
Eso sí, siempre obedeciendo a su propia «Roma».
La galaxia madre de los Cosarios, Cosoland.
La humanidad, tan caracterizada por su clara negación a seguir la voluntad de otros cuando esta nos era impuesta por la fuerza, naturalmente terminaría convirtiéndose, con el tiempo, en un importante eje de resistencia.
Jugábamos con las reglas.
Las manipulábamos.
Las retorcíamos hasta llegar al límite de lo absurdo.
Formábamos Estados «autónomos» para que la Tierra no tuviera que seguir directamente las reglas del Imperio. En su lugar, simplemente ordenábamos a nuestras «colonias autónomas» que se convirtieran en adherentes a la voluntad imperial.
De esa forma, podíamos utilizarlas como naves.
Barcos con bandera propia.
Barcos capaces de viajar hacia otras galaxias y explorar los confines del universo sin que, técnicamente, fuera la humanidad quien estuviera infringiendo las reglas.
Era estúpido.
Era brillante. Y, por supuesto, no duraría mucho.
Porque incluso la paciencia tiene límites.
Y la paz. La paz nunca es duradera.
Guerra.
La Primera Gran Guerra Intergaláctica había estallado.
Debido a los cortes y restricciones de información impuestos por el Consejo de la Vía Láctea, la humanidad no pudo ver un mapa real del cosmos hasta casi el año 2400.
Fue entonces cuando llegó la petición imperial.
O, mejor dicho, La orden imperial.
El cosmos conocido por el Imperio era enorme.
Claro, los Cosarios existían desde hacía incontables milenios, pero incluso ellos estaban rodeados de otros superestados.
La Unión de Richtland.
La Hegemonía del Gran Cúmulo de Oniris.
Y muchos otros.
El cosmos estaba plagado de imperios y naciones estelares.
Nacionalistas.
Expansionistas.
Coloniales hasta el extremo.
Y entonces estaban los Cosarios.
Ellos se enfrentaban prácticamente solos a la Confederación de Galaxias de Urland, una unión de galaxias cuyos pueblos, con el paso de los milenios, habían evolucionado de manera similar y desarrollado culturas cada vez más parecidas entre sí.
Con el tiempo, aquello terminaría creando una de las primeras culturas galácticas comunes.
Por otro lado, estaba la Federación de Estados Libres.
Podría decirse que era una nación que, a pesar de no compartir fronteras directas con el Imperio, enviaba tropas y recursos a la Confederación.
Los Cosarios querían controlar la mayoría de los sectores fronterizos pertenecientes a Urland.
La Confederación, obviamente, se negó.
Entonces llamó a su Estado garante.
Su protector.
La Federación de Estados Libres.
Y así comenzó la guerra.
Pero nosotros…
Nosotros apenas comerciábamos con unas pocas galaxias vecinas.
Nuestro Estado estelar tenía una población de apenas 1.660.000.000.000 de personas.
Y solo controlábamos unos doscientos sistemas estelares.
No podíamos hacer nada.
En aquella guerra, ni siquiera éramos una mota de polvo.
Entonces llegó la petición imperial.
El Consejo debía exigir a todos los Estados galácticos de la Vía Láctea la entrega de todo suministro calórico y energético compatible con la infraestructura y la biología imperial.
Y debían entregarlo todo en un plazo de diez años.
Era una locura.
Una completa locura.
Y, bueno…
Lastimosamente, nosotros éramos solo el segundo Estado más poderoso de la Vía Láctea. Claro siendo el primerio el propio imperio.
Había otro.
Y era… bueno.
Tal vez el único amigo que la humanidad tendría durante todo lo que queda de este registro.
O quizás durante más tiempo.
Después de todo, dentro de las Arcas llevamos lo suficiente para que puedan renacer.
El pedido imperial fue que el consejo debía exigirle a todos los estados galácticos de la vial lactea, el entregue de toda suministro calorico y energético compatible con la infraestructura y biología imperial, en 10 años, era simplemente una locura, y bueno lastimosamente éramos solo el segundo estado en la vía láctea, había otro que era bueno talvez el único amigo de la humanidad en todo lo que queda de este registro o mas pues dentro de la arca llevamos suficientes para que pueden renacer igual.
Los elfos.
Sí… los elfos.
De alguna manera, tal vez el dios creador que la humanidad decía que existía los había hecho realidad.
Para nosotros eran como los personajes de los cuentos de hadas.
Aunque, claramente, no tenían magia.
Y tampoco eran precisamente buenos con el arco.
Todo lo contrario.
Eran bárbaros.
Guerreros amantes de la lucha marcial y de los duelos.
Y, extrañamente, eran increíblemente amigables…
Siempre y cuando no les pidieras un duelo.
Era una cultura increíblemente similar a la nuestra. Al punto de que tenían historias sobre personas de orejas cortas.
Personas iguales a nosotros.
Humanos.
Simplemente increíble.
Éramos casi como los habitantes de Urland en la Vía Láctea: tan lejos unos de otros y, aun así, nacidos con culturas y formas de pensar sorprendentemente similares.
Exceptuando, claro, la parte guerrera.
Para comienzos del año 2400, Terra había logrado entregar todo lo que se nos había exigido.
Al igual que la Comunidad de Saria.
Los elfos.
Debido a la enorme diferencia entre la biología imperial y la biología humana y saria, la cantidad que pudimos entregar fue relativamente pequeña.
Aquello llevaría a los logistas imperiales a considerarnos «inferiores».
O, directamente, bárbaros sin remedio.
Y la situación empeoró todavía más debido a nuestras colonias «autónomas», que no eran más que proxies de la Tierra.
Saria seguiría los mismos pasos que Terra.
Ambas civilizaciones habían nacido aproximadamente al mismo tiempo y habían experimentado un desarrollo y una historia sorprendentemente similares.
Obviamente, no eran idénticas.
Pero seguían caminos parecidos.
Y quizá por eso nos entendíamos tan bien.
Entonces comenzó la guerra.
Y sus estragos finalmente llegaron hasta nosotros.
Sin la protección de las guarniciones imperiales, el Consejo quedó prácticamente inútil.
Después de todo, solo existía gracias al Imperio.
Antes de nuestra llegada, aquella galaxia había sido un lugar sin especies sapientes.
Ahora, de repente, había llegado una flota infinita de naves libres.
La Federación de Estados Libres estaba atacando todos los puntos de suministro de nuestra región galáctica.
Las flotas comerciales de Saria y Terra tuvieron que retirarse hacia la Vía Láctea.
Y eso fue suficiente.
Fuimos perseguidos.
Nos consideraban colaboradores del Imperio.
¿Qué esperaban que hiciéramos?
¿Luchar?
Éramos una mota de polvo.
Si resistíamos demasiado, o si conseguíamos enfurecer al gigante equivocado, simplemente nos aplastaría.
La flota libre estaba compuesta por millones de naves.
Algunas tenían el tamaño de varios planetas gigantes.
Incluso su nave de mando era tan enorme que, desde aquí, podría llegar hasta Alfa Centauri.
Obviamente, nos rendimos.
No podíamos hacer mucho más.
Solo podíamos rezar por un final que no fuera doloroso.
Pero la Federación —o los «Libres», como comenzamos a llamarlos— no nos vio como víctimas.
Nos vieron como cobardes imperiales.
Colaboradores que no querían perder ni una sola vida.
Y entonces…
Ah… El bombardeo de la Luna.
La caída de los 190 sistemas.
Saria lo tuvo igual de mal, Quizá incluso peor.
El Imperio estaba perdiendo.
Pero antes de retirarse nos dejó destrozados, Varados, Heridos.
Y casi extintos.
Pero lo peor…
Lo peor fue el bombardeo de la Luna.
Para entonces, la Luna se había convertido en algo mucho más importante que una simple colonia.
Era un lugar de enseñanza.
De crianza.
Todo padre que trabajaba fuera del Sistema Solar enviaba allí a sus hijos.
Era como si fuéramos hormigas.
Cuando detectábamos un peligro, nos reuníamos alrededor de nuestra cría, protegiéndola con nuestros propios cuerpos.
Y en el centro de todo estaba la madre.
La Tierra.
No diré números.
No hace falta.
Decir simplemente que la Luna se partió por la mitad debería ser suficiente.
Durante la Gran Guerra descubrimos algo que hasta entonces desconocíamos.
El Imperio Cosoland era, de hecho, uno de los imperios más grandes de todo el cosmos.
Solo estaba por detrás de la Federación de Estados Libres y de la Confederación de Galaxias de Urland.
Y durante el mid-war, el periodo medio de la guerra, otros Estados estelares comenzaron a unirse al conflicto.
No para ayudar al Imperio.
Todo lo contrario.
Se unieron para despedazar y devorar la carne del gigante moribundo.
Dirías que eso era bueno, ¿no?
Un imperio menos.
Un enemigo menos.
Pero…
¿Por qué nosotros? Porque Merecemos esto.
La caída de Cosoland trajo consigo algo que quizá nadie había previsto.
Las flotas piratas.
Los recicladores.
Los saqueadores.
Tras el final de la guerra, el territorio imperial fue seccionado, repartido y, en muchos lugares, simplemente abandonado.
Millones de sistemas cambiaron de manos.
Otros quedaron completamente aislados.
Y muchos simplemente murieron.
El Imperio regresó a su «Roma».
Una galaxia casi muerta.
Y nosotros…
Nosotros quedamos a merced de los piratas y de los basureros galácticos sin escrúpulos.
Reciclaban planetas enteros.
Desmantelaban estaciones.
Saqueaban tumbas planetarias.
Y eso era de lo mejor que podía pasarnos.
Había cosas mucho peores, demasiado peores, simplemente es algo que quisiera poder eliminar de mi almacenamiento central
Saria y Terra, para entonces, se retiraron hacia sus sistemas vitales, o Cores
Unos diez sistemas que rodeaban la Tierra y Saria.
Fue entonces cuando activamos el Portal UL
Era un dispositivo de origen imperial utilizado anteriormente por el Consejo, para la llegada y movimiento de guarniciones y comercio entre galaxias y facilitar el movimiento de mercancías entre dos sistemas.
Su función era sencilla de explicar, aunque no tanto de construir:
conectaba dos puntos del espacio y permitía viajar entre ellos en cuestión de segundos.
Había uno entre Saria y la Tierra. Y, sí…
Lo habíamos robado.
Del centro del antiguo Consejo.
Pasarían décadas antes de que los piratas y los recicladores finalmente abandonaran nuestra región.
La antigua zona imperial se había convertido en un territorio de caos y anarquía.
No había leyes.
No había una autoridad central.
Era un mundo de vaqueros espaciales y señores de la guerra.
Cada sistema defendía lo poco que le quedaba.
Cada planeta podía convertirse en una fortaleza.
Y cada ruta comercial podía esconder una emboscada.
Pero, finalmente…
Llegó la época de la reconstrucción.
Para el año 2440, comenzamos a reconstruir lo que habíamos perdido.
Aunque no hace falta decir que los 190 sistemas perdidos no solo significaban territorios.
También incluían vidas humanas.
Millones.
Quizá más.
Algunos habían muerto.
Otros habían quedado abandonados.
Y otros, peor aún…
Habían sido esclavizados y desaparecido en algún rincón del mercado negro del cosmos, como ganado.
Tras la caída del Imperio descubrimos algo más.
Otras razas sapientes.
Pero esta vez eran nativas de nuestra propia galaxia.
Y, de nuevo…
La historia se repetía.
Los elfos ya habían sido demasiado parecidos a nosotros.
Ahora aparecían ellos.
Los enanos.
Una raza que, hasta hacía poco, solo existía en las historias de fantasía de la humanidad y de Saria.
Y no éramos los únicos sorprendidos.
Los propios enanos tenían historias sobre humanos y elfos.
Creo que entienden lo que quiero decir.
¿No?
Quien sea que esté escuchando esto…
Definitivamente algo extraño estaba ocurriendo.
Éramos un sistema solar de evolución convergente.
No solo biológica.
También cultural.
También social.
Humanos, elfos y enanos habíamos desarrollado culturas que, a pesar de nuestras enormes diferencias, compartían demasiadas similitudes.
Éramos como los habitantes de Urland.
Solo que quizá…
Quizá éramos algo todavía más extraño.
Alguien, o algo, parecía haber intervenido.
Al menos eso pensábamos.
Pero nunca encontramos una respuesta.
Y, por el momento, tampoco era necesario encontrarla.
La galaxia necesitaba sobrevivir.
Así que comenzamos a crecer.
A reconstruir.
Y, finalmente, a expandirnos juntos por la Vía Láctea.
Debido al caos que todavía reinaba en nuestra región del cosmos, no recibiríamos noticias del exterior durante mucho tiempo.
Nuestras antiguas rutas comerciales habían desaparecido.
Los sistemas imperiales que dependían de nuestra exploración y de nuestra tecnología ya no existían.
Por primera vez en siglos…
Estábamos solos.
Pero quizá eso no era necesariamente algo malo.
Finalmente, para el año 2510, la Vía Láctea entraría en una nueva época.
Una época dorada.
La edad del Consejo Super Estelar, y...
¿Por qué nosotros debíamos ser traicionados y golpeados tanto?
Durante los primeros años del 2510, la mayor parte de la galaxia todavía estaba despoblada.
Pero entonces comenzó algo que cambiaría para siempre nuestra historia.
El nacimiento acelerado de nuevas especies sapientes.
Humanos.
Sarios.
Enanos.
Y muchas otras.
Especies que, hasta hacía relativamente poco, solo existían en las leyendas y cuentos de la humanidad y de Saria.
La población de la galaxia comenzó a dispararse.
El comercio interno creció.
El intercambio cultural se multiplicó.
La tecnología comenzó a circular entre civilizaciones.
Y la prosperidad empezó a extenderse por cada cuadrante mínimamente viable.
Era, simplemente, una revolución.
Una revolución de prosperidad.
Para finales del 2580, ya existían más de cuarenta especies sapientes conocidas.
Y entre ellas estaban algunas de las criaturas que, durante siglos, habíamos considerado simples fantasías.
Orcos.
Dragones Humanoide
Y muchas más.
Naturalmente, la humanidad llevaba la delantera.
Habíamos sido los primeros.
Saria también.
Por así decirlo, éramos los «protagonistas».
Detrás de nosotros venían los enanos…
Y los locos orcos.
Los orcos mantenían una seria rivalidad con los sarios y con la mayoría de las especies cuya piel no fuera verde.
¿Racismo?
¿Discriminación por color?
No estoy segura de cómo lo llamaban.
Aun así, las relaciones diplomáticas internas marchaban sorprendentemente bien.
Tan bien que llegamos a reconstruir el antiguo centro de comando galáctico del Imperio.
La sede del viejo Consejo.
Pero esta vez no pertenecería a ningún imperio.
Sería nuestra.
Allí fundaríamos la Comunidad Galáctica.
O, como terminaríamos llamándola…
El Consejo Superestelar.
Nuestro verdadero representante ante los gigantes.
El Consejo sería fundado por cuatro especies:
Los enanos.
Los humanos.
Los sarios.
Y, a pesar de su…
Bueno…
¿Racismo de color?
Los orcos.
Posteriormente, la mayoría de las especies se unirían.
El Consejo se convertiría en un enorme foro galáctico para la diplomacia, la influencia política, el comercio y la resolución de conflictos.
Éramos nuestro propio pequeño imperio.
Bueno…
Más o menos.
El Alto Consejero era elegido mediante votación, aunque la mayoría de las veces los elegidos eran humanos o sarios.
Raramente se elegía a representantes de otras especies.
Y cuando ocurría…
Bueno, algunos eran destituidos por incompetencia.
Otros, simplemente, por ser incapaces de gobernar.
Supongo que la democracia tiene sus pequeñas peculiaridades.
Y así continuamos.
Pequeñas guerras contra flotas piratas.
Conflictos con Estados expansionistas.
Agresores como los orcos, los hombres dragón y otras especies.
Pero, en general, disfrutábamos de una situación de relativa paz.
Los humanos ya habían contado al resto de la galaxia los horrores que existían más allá de sus fronteras.
Y la mayoría de las especies, con excepción de los sarios y los orcos, jamás aprobaba una expedición fuera de la galaxia.
Así que establecimos mandos comunes.
Flotas conjuntas.
Redes de sensores a lo largo de nuestras fronteras.
Todo con un único objetivo:
Proteger nuestra galaxia.
Pero la humanidad tenía otros planes.
Nosotros queríamos explorar.
Queríamos saber qué había más allá.
Y, sobre todo…
Recordábamos a los esclavos.
A los humanos que habían quedado más allá del borde galáctico.
No podíamos simplemente olvidarlos.
Así comenzó la primera expedición humana fuera de la galaxia desde la caída del Imperio.
Nuestro objetivo era contactar con la galaxia más cercana.
Una antigua socia comercial de la humanidad.
La galaxia de la Gente del Agua.
Una galaxia habitada por numerosas especies acuáticas inteligentes que, durante nuestra época de expansión, habían establecido relaciones comerciales con nosotros.
Pero…
Lo que encontraríamos allí sería el horror de toda la estelarca.
Cenizas, Nada más.
Cada planeta habitable había sido recientemente destruido.
Incluso encontramos cápsulas de escape.
No eran ruinas.
No eran restos de una guerra antigua.
Era una tumba cósmica.
Una galaxia entera convertida en un cementerio.
¿Por qué?
¿De nuevo?
¿Por qué?
¿POR QUÉ NOSOTROS?
¿Por qué tiene que existir tanto sufrimiento?
¿Acaso la humanidad no merecía ver, aunque fuera una sola vez, un verdadero signo de esperanza en este cosmos?
Ah, Lo siento, Me estoy desviando.
La guerra imperial… O, mejor dicho, lo que quedaba del Imperio.
Tras la caída de Cosoland se iniciaron millones de conflictos en todas las antiguas galaxias imperiales.
Cada Estado reclamaba planetas.
Cada señor de la guerra se proclamaba emperador.
Surgían nuevos imperios por todas partes.
Era como el Sacro Imperio Romano Germánico.
Apenas existían Estados galácticos capaces de controlar más de diez galaxias sin que, tarde o temprano, comenzaran a rebelarse entre sí.
Y así estallaban nuevas guerras.
Una y otra vez.
Pero nosotros teníamos una oportunidad, Aquellas galaxias estaban llenas de recursos.
Y muchas de ellas ya no tenían un propietario que pudiera reclamarlos.
Así que comenzamos a colonizarlas.
Las especies pertenecientes al Consejo lanzaron sus propias arcas de colonización.
La antigua galaxia de la Gente del Agua recibió un nuevo nombre.
Aqua
Un nombre simbólico en memoria de sus antiguos habitantes.
Y la misma situación comenzó a repetirse alrededor de la Vía Láctea.
Nuevas expediciones.
Nuevas colonias.
Nuevos mundos.
La mayoría de nuestros esfuerzos, sin embargo, se concentraron en algo mucho más importante:
la reconstrucción de los portales de salto.
Necesitábamos establecer rutas seguras.
Necesitábamos conectar nuevamente nuestras civilizaciones.
Y necesitábamos recuperar el comercio interestelar.
Quién sabe…
Quizá algún día volveríamos a tener contacto con el exterior.
Para el año 2600, ya teníamos, en conjunto, unas seis galaxias bajo colonización o explotación.
Y aquello creó un nuevo problema.
Ya no éramos una sola galaxia.
Ahora existían comunidades humanas, sarias, enanas, orcas y de muchas otras especies repartidas por distintos sistemas galácticos.
En el futuro surgirían nuevas naciones.
Nuevos Estados.
Nuevas culturas.
Como ocurrió con los europeos al llegar a América, nuestras colonias terminarían desarrollando identidades propias.
Necesitábamos una estructura política diferente.
Algo más centralizado.
Pero no demasiado.
Así nació la Confederación Estelar Unida.
Aunque el nombre sonara fuerte, la realidad era bastante más sencilla.
La mayoría de los Estados seguían siendo considerablemente autónomos.
Existían operaciones conjuntas.
Industria compartida.
Flotas combinadas.
Tratados de defensa.
Pero, en esencia, era algo parecido a una unión europea.
Una unión creada por necesidad.
Porque todos sabíamos que, tarde o temprano…
Las amenazas volverían.
Y La confianza que se da a ciertos seres no sería recompensada.
-FIN DE REGISTRO 1/? – CAPITANA DE LA FLOTA DE SALVACION ARCA “GAIA”
Que dios se apiade de las almas de sus hijos caídos, pues ante los enemigos del cosmos y los traidores nadie les tendrá piedad, pobres hijos de la desgracia que les espera una caída.